• Juan Sebastián Gaviria

Fundaciones Industriales: un giro copernicano

Actualizado: abr 1

Estamos en los albores de una revolución copernicana en el capitalismo. Colin Mayer, profesor de la Universidad de Oxford, en su reciente libro Prosperity, cuestiona el modelo tradicional de Milton Friedman según el cual el rol de las sociedades comerciales se limita a maximizar las ganancias de sus accionistas. Para Mayer, esta visión obtusa ha tenido consecuencias nefastas, desde la concentración de la riqueza en un ínfimo porcentaje de la ploblación, hasta el deterioro del medio ambiente. Mayer sostiene que el mundo de los negocios debe replantear su propósito y dejar de girar únicamente alrededor de la creación de dividendos para los accionistas. De esta forma, las sociedades de capital podrían explotar su enorme potencial para mejorar las condiciones humanas.


Gigantes empresariales como Carslberg, Heineken e IKEA dan cuenta de primeros pasos hacia esta revolución cosmológica. En efecto, estas compañías están controladas por organizaciones sin ánimo de lucro, conocidas como fundaciones industriales. Estas fundaciones utilizan gran parte de sus recursos, generados por las actividades empresariales, para financiar proyectos filantrópicos. La consecuencia de esta particularidad estructural es fascinante. Compañías como las mencionadas no tienen como objetivo maximizar el dividendo de sus accionistas y, aún así, su prestigio y su importante participación en el mercado son indiscutibles. Por si fuera poco, la administración de estas compañías no recibe incentivos económicos por buen desempeño de la empresa, tiene un salario fijo, y no está sujeta a la amenaza de ser removida.


Lo anterior resulta del todo desconcertante para el derecho societario, que tiene como principal fundamento la teoría de agencia de Jensen y Meckling. En efecto, el gobierno corporativo se ha preocupado por encontrar estructuras que, mediante la alocación de derechos de control sobre la compañía y sobre sus flujos de efectivo, logren reducir al máximo los costos emanados de las relaciones de delegación que tienen lugar al interior y alrededor del ente societario. Los profesores Hansmann y Thomsen, en un artículo publicado en 2018, se dedicaron estudiar qué factores contribuyen a la eficiencia de las compañías controladas por fundaciones industriales que desafían la teoría de agencia, teniendo que admitir que éstas constituyen una anomalía fascinante.


De acuerdo con la teoría de agencia, que guarda completa consistencia con la tesis de Friedman acerca de la finalidad de las sociedades de capital, estas sociedades son el escenario perfecto para que los administradores se apropien indebidamente de recursos sociales y hagan su trabajo con total displicencia. Y es que, ¿quién podría impedirlo? ¿Qué podría motivar a los administradores a hacer bien su trabajo si reciben una compensación invariable?


Una posible respuesta consiste en que la teoría de agencia ignora una importante fuente de incentivos: las convicciones de las personas y su indetificación con los valores de una organización. A partir de las ideas que defiende el profesor Mayer en su libro y de la experiencia de las fundaciones industriales, ¿qué tan lejos estamos de pasar del mundo del dinero al mundo de los valores? ¿Qué rol tendría el derecho societario en un escenario de esa naturaleza?