• Sergio Londoño-González

Convergencia en el derecho de sociedades

En los círculos de derecho societario se cuenta que hace no muchos años convergieron en París, casi por casualidad, importantes pensadores de varias latitudes. Se dice que al compás de unos cuantos vinos habrían concebido un proyecto que hoy, cerca de dos décadas después, ha tenido hondas repercusiones en el mundo del derecho y los negocios. Fue así como, casi a manera de serendipia, nació La anatomía del derecho societario, una de las publicaciones recientes más influyentes en la materia. Actualmente, en su tercera edición, el libro reúne a escritores de Estados Unidos, Brasil, Reino Unido, Alemania, Suiza, Italia y Japón. Podría decirse—sin caer en exageraciones—que uno de los aportes monumentales de esa alineación de autores fue ofrecer un lenguaje y unos derroteros comunes para entender la función y la estructura básica del derecho de sociedades moderno en todo el mundo.


En pocas palabras, esta obra, producto de plumas entrenadas en las más importantes universidades de diferentes jurisdicciones y tradiciones jurídicas, da cuenta de un significativo grado de convergencia en el derecho societario global. La idea fundamental sobre la que se construye el libro es tan sencilla como universal: sin importar el país de que se trate, el propósito primordial de esta área del derecho no es otro que el de prevenir y resolver conflictos entre accionistas y acreedores sociales, entre accionistas controlantes y minoritarios, entre administradores y asociados. La validez de esa elemental premisa parece sostenerse tanto en Reino Unido como en Brasil, tanto en Estados Unidos como en Colombia. Lo verdaderamente asombroso, además, es que la misma convergencia se avizora en el plano de las estrategias legales. Ciertamente, los diferentes ordenamientos diseñan e implementan herramientas similares para proteger a los acreedores, a los accionistas minoritarios y a los asociados en general: estándares sobre desestimación de la personalidad jurídica, reglas sobre operaciones entre partes vinculadas, deberes fiduciarios de administradores y controlantes, entre otros.


Colombia, por supuesto, no ha sido ni puede ser ajena a ese fenómeno de convergencia. Basta con una revisión rápida de los telúricos cambios legales y jurisprudenciales que ha vivido nuestro ordenamiento jurídico societario en los últimos lustros para detectar el mismo impulso por ofrecer una efectiva y equilibrada protección a los aludidos grupos de interés. Tampoco parece fortuito, por ejemplo, que esas reformas recientes en Colombia busquen reflejar las tendencias contemporáneas del derecho de sociedades de otras jurisdicciones. Se trata de un ejemplo perfecto de los diálogos jurídicos transfronterizos que La anatomía ha detectado y, por supuesto, propiciado.


Así las cosas, algo bastante auspicioso salió de aquella botella de vino al borde del Sena: una invitación—o más bien un mandato—para que los estudiantes de derecho, los abogados, los empresarios y los jueces especializados abandonen su endogamia académica y profesional para mirar más allá de las porosas fronteras del ordenamiento societario local.

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